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Cajón Desastre: Shock-Show, el terror antropológico de Claudia Cortalezzi


La novela distópica Distrito Territorial San Telmo (Ediciones Ayarmanot 2019), de Claudia Cortalezzi, contiene los elementos sociológicos habituales de esta vertiente ya clásica de la ciencia ficción, con los cuales me atrevo a decir que la mayoría de los lectores están más que familiarizados: un porvenir deshumanizado, de gobiernos tiránicos, de sociedades en decadencias postapocalípticas. Y, sin embargo, Claudia hace algo distinto, notable, tétrico: lo que logra es cambiar con maestría aquel enfoque tradicional, como si saltara de una disciplina a otra, con sutileza, y lo que nos entrega es más bien un terror que nos refleja desde otro espejo, uno que Pablo Martínez Burkett nos asoma desde el prólogo: el de la antropología. Antropológico porque el susto se origina al sugerirnos que esta tiranía psicótica y violenta pudiera ser algo cultural, algo propio de la humanidad, un poco más al interior, subyacente a los cambios e interacciones sociales, un hallazgo casi arqueológico que se descubriría inevitablemente al analizar los tiempos de la humanidad. Es aquí donde cala su terror, donde nos hace caer en una claustrofobia cuya jaula opresiva viene siendo ese ritual de poder inmanente.

No soy un gran experto en ciencias sociales, en lo absoluto, por lo que sé de antemano que intentar encasillar y deshilachar las ideas de la obra analizada según disciplinas puntuales será un intento fútil. Válgame destacar ese primer terror antropológico para sumergirme ahora más bien en cuestionamientos transversales. ¿Cómo es que no nos estamos matando a mayor escala aún? Esa herida toca esta novela. ¿Cómo detener la ambición de poder cuando la cadena ya está en marcha? ¿Cómo detener tiranías que han destruido toda moral empática? ¿Será realmente cultural? ¡Ah, Claudia Cortalezzi! Que si fuera cultural no habría forma de conciliar el sueño por las noches y, por eso, espero que seas una voz de advertencia y no una profetiza. Pero no muy lejos en términos geográficos y temporales ya hemos sido testigos, pasivos o activos, de otras formas reales de dominaciones violentas (si acaso existe una forma no violenta de dominar, recordando la violencia simbólica de Pierre Bourdieu). Y así, aprovechando el aire francés, caigo en la frase de Sartre, pero transformada a la interrogación: ¿L'enfer, c'est les Autres? Y ya ven que en un intento de sostener la hipótesis antropológica termino divagando, al borde de perderme, en filosofía política. Distrito Territorial San Telmo es así. Como ciudadano occidental latinoamericano, afortunado del lugar y momento en que me encuentro, se asoma aquella inquietud: ¿podemos sostener la democracia? Y, una vez más, acecha el terror (¿a lo desconocido o a lo demasiado conocido?), lo tenebroso de perder la seguridad física y la integridad mental.

En términos narrativos, Claudia Cortalezzi realiza maravillas. El ritmo de la novela logra cautivar de manera incesante, con una construcción de personajes oscuramente vívidos. Aunque, por sobre todos, hay uno que resulta la materialización de todos los terrores ya descritos: el Máster Regente de Buenos Aires, el Rengo, el único y gran Marito Fargas. Marito Fargas es el tirano, es el psicópata (con un diagnóstico psiquiátrico que no resistiría dudas), es la cultura y acaso el culto, el monstruo al que tememos, de afuera y de adentro. Es una genialidad la forma en que se nos impregna, de manera untuosa, su omnipotencia sádica, y es una genialidad también cómo Claudia nos recuerda al final las verdaderas reglas del juego humano de poder. La sucesión de los anti-Übermensch y la angustia como un fenómeno cíclico, como si así hubiese sido y fuese a serlo por siempre. Terror. Y ni hablar de otro personaje: el Chulo. Ya podrá descubrirlo el futuro lector.

Como último aspecto relacionado y que me significó un proceso paulatino de comprensión es aquel que lidia con la violencia gráfica y visceral de Distrito Territorial San Telmo. Comencé a leerlo con el antecedente de haber sido prevenido de sus imágenes cruentas, de torturas inimaginables y de castigos explícitos, e inocentemente caí en la torpeza de esperar una especie de cine gore extremo. Resulta paradójico el que haya sido atraído inicialmente por esa estética morbosa (¿no es esa la semilla del terror antropológico planteado, la semilla del mismo Marito Fargas?), pero no reniego de la curiosidad amoral. Me asusta un poco, porque sus límites son en sí los límites de la sanidad, pero no la reniego. Y así me enfrenté a las páginas, expectante. Para mí sorpresa, no me impresioné con las proezas iniciales: repulsión física no sentí en lo más mínimo. Admito que tengo el bagaje, de mis tiempos como interno de medicina, del día a día en un servicio de tanatología (autopsia tras autopsia). Pero Claudia me hizo caer en la trampa: por supuesto que no sería gore el que me terminaría espantando, qué básico de mi parte pensarlo. No, el único dolor insoportable, ese que nos hace como lectores desviar la vista por un momento antes de seguir leyendo, o bien nos desencaja la mandíbula y nos hace abrir los ojos en un gesto atemporal, es el dolor que se inflige sobre aquellos que nos importan. El gore por gore no deja de ser impactante, pero la tortura a los cercanos, al desvalido y al inocente es simplemente intolerable. Es la que quiebra el espíritu. Y, lamentablemente, suele ser la que reverbera en las tiranías terrenales.

Los ritos de tormento que se llevan a cabo en esta Buenos Aires distópica reciben el nombre de Shock-Show: lo que comienza siendo más cercano al Show, se nos reitera con una metodología pavloviana que termina concretándonos el Shock. Ya no hay diversión, sino pavor inmediato por las víctimas que hemos ido conociendo. El ritual antropológico que da sustento al terror institucionalizado. De esa forma nos asusta Claudia Cortalezzi y de esa forma es que modela su ciencia ficción contemporánea. Afortunadamente, cuando ya se nos está acabando el recorrido por la capital argentina, cuando ya todo se ha ido a la gran y soberana mierda (para entonar con el lenguaje de libro), la vida y la esperanza… ¿prevalecen? Sí, así parece, pero hay que estar buscando: es fácil no darse cuenta y pasarlo por alto.

Leonardo Espinoza Benavides, otoño 2019.


Leonardo Espinoza Benavides (San Fernando, 1991) es médico cirujano, escritor y cinéfilo. Autor de la novela fix-up de ciencia ficción Más espacio del que soñamos (Editorial Puerto de Escape, 2018). Miembro Directorio de la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena (ALCiFF – Chile) y antiguo miembro de la Washington Science Fiction Association (WSFA). Expositor de la primera participación chilena en la convención Capclave, en Estados Unidos (2015). Ha publicado ficción y no ficción en Editorial Puerto de Escape, Revista Crítica.cl, Dos Disparos Magazine, LDP Magazine, Publicaciones Universidad Andrés Bello, Fantástica Review, Editorial Escritores, El Sitio de Ciencia Ficción, The WSFA Journal, Revista Literaria Letralia, Portal del Instituto Cubano del Libro - Cubaliteraria, Caltiki Magazine, entre otros. Actualmente reside en Santiago de Chile.

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